ACTORES



Los que me conocen saben que los actores, como colectivo, no son santo de mi devoción. Me parece que de tanto mirarse el ombligo pierden el norte y el contacto con la realidad. De sólo salir entre ellos, comer entre ellos y casarse entre ellos, van a acabar desapareciendo como los Habsburgo.
Pero, de repente, de cuando en cuando, aparece un ejemplar único que te reconcilia con la profesión y te recuerda para qué están aquí. El sábado estaba yo entre regular y fatal, y Olga Margallo me había dicho: "Mis padres están otra vez en el Arenal, vete a verles que te va a gustar". ¡Qué sabia!
Sólo mirando la foto, con esa pinta incalificable que se han puesto, se te dibuja una sonrisa. Luego sigues mirando y piensas que esas dos personas no pueden ser más que dos trozos de pan. Pero en cuanto abre la boca Petra, añades a la lista: ¡qué pedazo de actriz!. Así sin alharacas, sin tener que ir a preguntar a la gente cómo se compra el pan para preparar un papel de ama de casa, porque Petra (estoy segura, aunque no la conozca de nada) es ama de casa y Abuela sin Fronteras (eso sí que me consta), y lo que devuelve al público en el escenario son sus propias experiencias, no necesita que nadie se lo cuente.
El texto de La Madre Pasota es bueno (eso se le presupone a un Nobel), pero Petra le da una verdad tan grande que te lleva de la carcajada desorbitada a la lágrima contenida sin que te des cuenta de los atajos que ha ido cogiendo. 
Y cuando crees que todo ha terminado, entra el Sr. Margallo y llega el delirio y se palpa tanta complicidad, tantas horas de tablas, tanto amor y respeto, que empiezas a ponerte verde de envidia, pero sin parar de reír.
Viendo a los Margallo he entendido el porqué de la endogamia y he recordado para qué están los actores: para arrancarte una sonrisa cuando peor te encuentras, para ayudarte a entender los problemas de otros, para desdramatizar tus propios problemas, para hacer que vuelvas a ser niño, para abrir paréntesis en la rutina.
A sus pies Doña Petra.

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