CRÓNICAS MURCIANAS. A SU RITMO













Cuando estoy de vacaciones noto que me he relajado cuando me importa medio huevo que el coche de delante vaya con el bolo colgando. Según dice todo el mundo, en Madrid vamos demasiado deprisa a todas partes, pero yo no lo noto, claro. Sólo sé que cuando entro en los bares, antes de llegar a la barra alguien me está preguntando qué quiero, y aquí... aquí no es lo mismo. Yo creo que es el mar. Cada vez que bajo a la playa me paso varios días durmiendo, y cuando estoy despierta permanezco en cierto estado de letargo.
El lunes, recién llegada, tenía yo apañada una cita con el fisio alemán que me descubrió mi primo (gracias Pepe), porque Facebook te abre un mundo de posibilidades, por mucho que algunos intenten denostarlo.
Entré abuela total y salí como si me hubiera fumado medio kilo de marihuana. ¡Qué manos, por el amor de dios! Mira que a mí me ha tocado un montón de gente (profesionalmente hablando), pero nunca me habían deshecho contracturas con tantísima suavidad. Y para los estiramientos no tengo palabras que no recuerden la descripción de un orgasmo. Así que cuando acaba y me toca levemente el hombro y pregunta: "¿Qué tal?", siempre le digo lo mismo: "¡De aquí no me levantas ni con una pala mecánica!". Y yo me pregunto a mí misma: ¿cómo entiende este hombre el acento de esta tierra? Todavía recuerdo la cara de pavor de mi sobrina alemana, de ahora en adelante Miss Águilas, preguntando: "Tíana (hasta los 6 años creía que mi nombre era así, del tirón, Tí-a-na), ¿qué es acho?" "Hija mía, de muchacho: chacho, y de chacho: acho, ¡acho! ¡muchacho!" Ella creía que había olvidado el español.
Así que estoy como una reina, recién recolocada de arriba a abajo, mecida por las olas del mar, que me pego unas siestas que no se las salta un gitano, intentando mantener un mínimo de actividad, pero... a su ritmo. Besos marinos.

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