AVES DE RAPIÑA
















A estas alturas de la película nadie ignora que soy medio-murciana. Medio-lorquina, para ser exactos. El día del terremoto estaba yo abducida por ése horror llamado Eurovisión (¿realmente es necesario que siga existiendo semejante parada de los monstruos?) y empecé a llamar a todos los móviles de todo el mundo y nadie contestaba y me puse realmente nerviosa. Mis compañeros decían que era una exagerada, y probablemente lo era porque yo soy excesiva para todo, pero tenía razones para preocuparme. Toda mi familia está fuera de sus casas. Afortunadamente todos están bien y tienen un sitio al que ir, pero la ciudad no volverá a ser la misma. Cuando todo a tu alrededor se derrumba, literalmente, supongo que no se vuelve a dormir igual.
Y en medio de ese caos y tristeza colectiva, viendo tantos edificios históricos derrumbarse y sepultar obras de arte guardadas con esmero durante siglos, aparece lo mejor y lo peor del ser humano. Lo mejor cuando personas que no se conocen se echan una mano. Lo peor cuando cuatro miserables encuentran en la desgracia ajena una oportunidad de negocio y piden el triple por un alquiler, sabiendo que le va la vida al inquilino, que lo ha perdido todo, que tendrá que empezar de cero.
Este tipo de comportamiento debería estar tipificado como delito y sus autores encerrados entre rejas y despojados de todos sus bienes. En el ranking de bajezas esta es, probablemente, la campeona.
Y mientras tanto, la mayor parte de los vecinos sin poder entrar en sus casas. Unos porque tienen punto rojo, otros porque su edificio está pegado a uno de punto rojo.
Y yo me pregunto: ¿cómo sobrevive mi Cati sin sus braguitas de encaje?

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