DE BRUCES SOBRE LA REALIDAD















El domingo celebramos en casa el Día de la Madre. El padre de la criatura no cayó en que el 1º de mayo será, además del Día del Trabajador, el Día de la Madre, y ha tenido a bien reservar una casa rural. Cuando se lo comuniqué a mi cachorra, abrió los ojos con desmesura (como suele hacerlo todo) y dijo a gritos: ¡¿y qué hago yo?! (en realidad creo que quería decir: ¿qué hago el día de la madre sin madre?). En seguida la tranquilicé proponiéndole el domingo de resurrección como fiesta alternativa: "Cariño, en casa podemos celebrar el Día de la Madre cuando nos salga de las narices". A ella le encanta que nos saltemos las normas, de hecho se las saltaría todas todo el tiempo si se lo permitiera. Y cuando soy yo la que se salta algo, la sonrisa le llega de oreja a oreja, pero dando la vuelta completa a la cabeza.
Total, que el domingo vagueamos a placer y conseguimos salir de casa a eso de las siete y media de la tarde y nos fuimos a patinar. ¡Bendita la hora!
Si mi amigo Daniel ha decidido que tiene 26, yo he decidido tener 37. Cogí mis in-line, con un par, y nos fuimos a Madrid Río, que es lo último en inauguraciones. Como hacía lo menos dos años que no cogía los patines iba bastante insegura, por decirlo suavemente, y el paseo del río estaba como la Gran Vía en hora punta. Así que cada vez que cogíamos una leve pendiente, me moría de miedo, pensando que no podría esquivar a los viandantes.
Además de adolescentes y familias con bebés, suele haber grupos de personas mayores que se empeñan en jugar a tapar la calle y van en fila de a 6 taponando el camino. De repente, debajo de un puente, aparece un ser diminuto con un pequeño monopatín y gafas microscópicas. Le veo venir sin rumbo fijo acercándose cada vez más peligrosamente hacia mí, y creo que ejerzo la ley de la atracción, pero tal cual, porque me veo a mí misma cayendo sobre el pobre niño, que no tendría más de dos años. Así que, efectivamente, como había imaginado en mi visión premonitoria, el niño se mete entre mis piernas, y como a mí me ha dado pavor frenar desde pequeña (que ya me iba estampanando contra los árboles, antes que frenar con la bici), me tiro al suelo para evitar que el diminuto acabe convertido en una calcomanía. El niño se pone a gritar como un energúmeno, y yo flipo en colores porque no le he tocado. La madre sospecha que se ha asustado porque cree que me ha tirado él. Y... efectivamente. Cuando le digo que me he tirado yo porque no se me da bien frenar, calla en seco (a mí me alucina la capacidad que tienen los niños para empezar y terminar los berrinches, ¡es como si tuvieran un interruptor!). Me levanto y mi hija dice: "¿Quieres que paremos ya?". Pues mira, sí, porque voy acojonada y creo que deberíamos practicar en un sitio donde no haya gente, antes de volver a esta marabunta descontrolada y anárquica.
Bueno, pues para las que lo celebréis cuando lo marca el calendario: Feliz Día de la Madre. Espero que no se desparramen muchas bandejas en las camas.

Comentarios