CRÓNICAS MURCIANAS. METAMORFOSIS

















Ayer al despertar sentí una extraña levedad. Me levanté y la sensación permaneció. Fui tambaleándome, aún no muy despierta, hasta el baño. Como siempre, evité mirarme al espejo. Los espejos no tienen ni puta idea de cómo soy. Yo me siento una chica, y ellos se empeñan en enseñarme a una señora. Pero esta vez algo me hizo volver sobre mis pasos y pararme justo enfrente del megaespejo. ¡Qué raro, parezco más delgada! Me dí la vuelta, me miré por detrás. ¡Mi culo ha resurgido de la masa de grasa que lo rodeaba! Será que me siento optimista.
Me metí en la ducha y al extender el gel de chocolate por mi cuerpo me pareció percibir huesos que hacía siglos que no notaba. El albornoz me daba vuelta y media. Me sobraba gran parte del sujetador. El colmo fue que, al ponerme los pantalones, me dí cuenta de que subían y bajaban abrochados. ¡Madre mía! Rápidamente abrí el cajón de los pantalones marcha atrás, que son ésos que alguna vez usamos y guardamos todas con la esperanza de volver a recuperar nuestra talla en algún momento de nuestra vida. Me pude poner los de hacía por lo menos cuatro años.
¡Increíble! Estando así las cosas me dije a mí misma: Hoy me maquillo. Desayuné un zumo rápido, soja con café y ¡andando!
Cuando estaba dando vuelta a la llave para salir (sí, yo cierro con llave por la noche, a pesar de que dejo las ventanas abiertas de par en par) suena un pitido. ¡Joder, y ahora qué! El frigorífico me está dando el aviso de su próxima jubilación. Cada vez que meto algo en el congelador, baja tres grados y empieza a pitar como un condenado. Es simplemente molesto, salvo que ocurra a media noche, te despierte y te obligue a levantarte de la cama jurando en arameo.
No, el frigorífico no es. El despertador, no he dado al stop y se va a tirar pitando una hora. ¡Qué coñazo! Voy al dormitorio. Apago el despertador. ¿Qué pasa? Estoy tumbada. Abro los ojos. Me levanto. ¡Joder, cómo pesa la vida!

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