CRÓNICAS MURCIANAS. ATERRIZANDO













Ilunsentia (ugocuesta)

Después de inesperados cambios de rumbo en mi vida profesional, emprendo camino a tierras murcianas para intentar olvidarme de un montón de cosas y personas, recordar muchas otras y redescubrir quién soy.
El viernes, recién entregado el paquetito, nos vamos a comer. Conseguí cambiar Pizza Jardín por el Ribbs, que no es que sea un gran cambio, pero estoy de la pizza Mamma Mía hasta el forro de las pestañas. Y, con la sinceridad que nos caracteriza, tenemos la típica tierna conversación de reencuentro:

YO: Te he echado de menos. Bueno... los primeros días no... ni las primeras semanas...
ELLA: Yo tampoco... pero luego sí.
YO: Claro, luego sí, como la tercera o cuarta semana. Vamos a planear las vacaciones que luego pasan volando.
ELLA: Cuando vaya a empezar el cole, tenemos que ir de compras para estrenar un modelito el pimer día de clase.
YO: ¿Te parece que te he comprado pocos modelitos? Tienes la maleta llena y el armario también. Tú me dirás dónde guardamos la ropa cuando acaben las vacaciones.
ELLA: ¿Ves? ¡Ya no te echo de menos otra vez!

CONCLUSIÓN: su amor por mí depende proporcionalmente de las veces que le dé la razón y la cantidad de ropa que le compre.
Total, que no merece la pena preguntarse mucho si lo estaré haciendo bien, si le dedico suficiente tiempo, o si prescindo de hacer cosas que me apetecen en lugar de estar bailándole el agua el día entero.

Emprendemos viaje el viernes tarde sin avisar. Nos esperaban el sábado, así que decidimos dar una sorpresa entrando sin llamar a la puerta. Y la sorpresa nos la llevamos nosotras, porque no hay un solo ser consciente en la casa. La única persona presente está en la cama a las 11 de la noche (que tiene cojones en pleno mes de julio) porque ha decidido madrugar para hacer deporte. Así que nos sentamos con dos palmos de narices pegadas al ventilador, para intentar disipar esa humedad pegajosa que te ataca cuando llegas al mar. Y van llegando, y la mejor bienvenida es la del único murciano del grupo, que, como bien sabéis, nos dice: ¿Es que habéis venío?
No, papá, enseguida llegamos y os damos una sorpresa llamando al portero.

Comentarios

  1. Soy una convencida de que a los hijos hay que mandarlos al internado desde los tres años. Un internado lejano, a poder ser de una orden religiosa de disciplina férrea. Con esto se consigue que cuando llegan a casa, te quieren muchísimo, les parece buenísimo todo lo que cocinas y además como van uniformados no tienes problema con los modelitos. Si se hiciera un cálculo realista de lo que gastamos en clases particulares, ropa, clases de natación, kárate y otras actividades diversas, la gasolina que gastamos en llevarles al colegio, la chica que tenemos que contratar para que recoja a nuestros hijos y les cuide hasta que nosotros llegamos de trabajar, la comida, el desayuno, la cena, los gastos en llamadas de teléfono, etc….la conclusión es que además de un descanso espiritual, el internado es un chollo para la economía familiar.

    ResponderEliminar
  2. No tengo hijos, pero soy muy observador. Es cierto que nos quieren cuanto más le demos, sobre todo cuanto más les demos lo que ellos desean. Pero creo que, con el tiempo (vale, con muuucho tiempo), los verdaderos sentimientos se asientan, y aunque no sean capaces de expresar (no seamos, debería añadir) con palabras lo que en realidad siente por sus padres, sus actos y sus pensamientos, mucho más profundos de lo que nunca imaginaron tener, se abren paso entre el poso de remordimientos inútiles, y acaban brillando en todo su esplendor: se darán cuenta que sus propios hijos serán con ellos fueron, y su comprensión se hará tan amplia, que sólo dan ganas de llorar por la felicidad que da.
    Mientras tanto, joróbala un poquito con los modelitos y lo que se le antoje, que no sabe el enorme bien que le estás haciendo. Y olvídate, nunca transformará a su Barbie en un muñeco vudú (o su Nancy o su muñeca de trapo, pa'l caso es lo mismo)

    ResponderEliminar

Publicar un comentario